En Cartelera: Isla de Perros

Wes Anderson cumplirá el año que viene 50 años. Isla de perros es su noveno largometraje. En su filmografía tiene ya varias obras maestras: Los Tenenbaums (2001), Life Aquatic (2004), Fantástico Sr. Fox (2009), Moonrise Kingdom (2012) y El gran Hotel Budapest (2014). Eso, como mínimo. Así que cuando uno se acerca a ver una nueva película de este genio nacido en Houston (Texas), ha de estar preparado para una nueva experiencia estética y emocional que sabe que, con toda probabilidad, le desbordará. Así que no debería haberme sentido tan subyugado -por elegir un adjetivo, también valdrían: alucinado, encantado, arrasado- viendo Isla de perros, porque como se suele decir: sabía a lo que iba. Y aún así he vuelto a sentirme totalmente atrapado en este sublime huracán de imágenes (en stop-motion) y emociones (antropomórficas) que demuestran, ya no sólo que Anderson es un absoluto animal en lo que a cuenta-cuentos se refiere, sino un autor único capaz de alcanzar cotas de belleza y sentimiento con las que otros (y no quiero mirar a nadie) son incapaces ni de soñar. Isla de perros, que está coescrita por Anderson, Roman Coppola, Kunichi Nomura y Jason Schwartzman, cuenta algo tan sencillo (en apariencia) como es la aventura que vive un niño japonés al intentar encontrar a su perro, exiliado a un isla de basura junto al resto de cánidos de la prefectura (inventada) de Megasaki (Japón) tras haber sido infectados por un virus desarrollado por los gobernantes (que pertenecen a un clan de adoradores de los gatos). Para ello le acompañarán en su aventura un variopinto grupo de perros - Chief (Bryan Cranston), Rex (Edward Norton), Boss (Bill Murray), Duke (Jeff Goldblum) y King (Bob Balaban)- en una acción de épica íntima, donde la comedia andersoniana-esa que mezcla lo ingenuo con lo triste y lo romántico con una facilidad pasmosa- alcanza los picos más altos de su historia. Por eso podría decir que la película nos habla de la amistad (canina) y el compañerismo (ibídem) y no engañaría a nadie. También que trata cómo es más importante la mirada de un niño que los millones de ojos de los adultos y no erraría. Pero también, y a su deliciosa loca manera, nos habla de la importancia del ser, vengamos de dónde vengamos. De nuestra capacidad para redimirnos y cambiar. De que nunca hay que perder la esperanza. De como lo orgánico seguirá valiendo muchísimo más que la tecnología. O de cómo los políticos mienten repetidamente (iconografía fascista mediante) y el pueblo no hace más que asentir sin hacer nada para detenerlo. Todo ello, claro, con forma de metáfora hiperbólica a modo de cuento infantil capaz de mezclar a George Orwell, Roald Dahl, Yukio Mishima, Philip K. Dick, El mago de Oz, El jóven manos de tijera, Los Goonies... sin dejar de ser Wes Anderson en ningún momento. Como autor total que es, el director de Academia Rushmore, parece estar contándonos una y otra vez la misma película, sin que nosotros (espectadores-fans), no solo no seamos capaces de encontrar una sola pega al asunto, sino que recibimos conmovidos cada nueva entrega de su obra. Ya sean adolescentes heridos, padres perdidos, zorros pícaros o perros exiliados, los personajes de Anderson logran conectar con el espectador de forma directa. Es imposible no sentirse atrapado en ese microcosmos que teje Anderson, siempre en defensa del más débil (por excéntrico que sea) y siempre con una sonrisa triste cruzada en el rostro. Que Isla de perros sea deslumbrante a un nivel estrictamente formal ya sólo da muestras de que el cineasta está imparable: contada en japonés (humanos) e inglés (perros), con cada frame inundado de incontables elementos (habría que ver la película varias veces y a cámara lenta para captarlos todos) y con una vaivén argumental plagado de ideas parte-cráneos, uno no puede si no preguntarse si ésta será la mejor película del cineasta o si aún será capaz de volverse a superar a sí mismo en la próxima que haga. A favor: Que haya películas así es la razón por la que muchos nos dedicamos a escribir sobre cine. En contra: Nada de nada.

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