En Cartelera: Muchos hijos, un mono y un castillo

A España hay muchas maneras de verlo, ya sea desde el espejo deformado y feo del esperpento de Valle-Inclán o a través del sainete de Luis García Berlanga o el disparate de José Luis Cuerda en su Amanece que no es poco, pero a pesar de la variedad de miradas críticas y chistosas que hemos vertido en nuestra historia cultural no son demasiadas las veces que nos hemos visto con los ojos de una madre que se ríe de todo y de todos. Empezando por sí misma. Primero, sí, fue Carmina, matriarca de los León, la que dejó negro sobre blanco cómo nos las gastamos –y que frente a eso es mejor reír que hacer un drama–, y ahora es Julita, madre de Gustavo Salmerón y protagonista absoluta de Muchos hijos, un mono y un castillo, quien nos recuerda que a veces es mejor dejar de buscar ese tornillo que a uno se le ha perdido

Muchos hijos, un mono y un castillo es la película española revelación del año por muchísimas razones, pero tal vez su espíritu sui generis, su ánimo de ir a contracorriente y su honestidad clara y meridiana le otorgan los puntos suficientes (y alguno más) para reclamar con firmeza ese puesto. También la perseverancia nos hace inclinar la balanza para escribir tal afirmación. Porque Salmerón ha estado filmando durante 14 años a su madre (¡14 años!) a tientas y en ella ha acabado encontrando un relato que va de lo personal a lo universal: Julita es una verdadera fuerza de la naturaleza y, sobre todo, una mujer en cuyos divertidos ex abruptos se encuentra, como si fuera un lapsus freudiano que irrumpe en mitad de lo cotidiano, una cierta verdad sobre nosotros. Desde sus 82 años tiene toda la legitimidad para decir que quería hacer croquetas con el cuerpo de Primo de Rivera (de lo mucho que le gustaba) o para arrastrarnos a lo largo de toda la película por cajas con cosas acumuladas, montañas de objetos inútiles y mudanzas de castillos a guardamuebles en busca de las vértebras de su bisabuela. Julita es, de facto, un verdadero personaje benjaminiano, esto es, entre el coleccionista y el trapero, sensible con el objeto obsoleto y marginado, recoge esos despojos y nos enseña, mediante esos fragmentos, lo que fuimos y ya somos.

A favor: Su desparpajo y capacidad de fascinación. 

En contra: Que la gente se la pierda.


Leído 32