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El público moreliano sale regañado nuevamente en el FICM

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CineCompramos entradas para el cine esperando que la oscuridad de la sala y la gran pantalla nos hagan disfrutar de lleno el filme que necesitamos. Las butacas generalmente son cómodas, el audio es justo y las paredes son lo suficientemente gruesas para no escuchar los autos de fuera.

Todo parece perfecto para disfrutar de un arte que ya rebasó el centenario y que sigue seduciendo a quien se atreva a acercarse a él. La cinta comienza, el ánimo se impulsa y los ojos se preparan para descubrir una nueva historia.

Empieza la función

A los pocos minutos empieza a sonar una bolsa de plástico; después, alguien más tose como desquiciado; a lo lejos, alguien saca el celular con su pantalla brillosa y distrae la mirada; más atrás, suena un celular con tono de música electrónica a todo volumen, la persona no ignora el ruido ni lo apaga completamente, se da el lujo de responder la llamada y platicar varios minutos; más al fondo, se empieza a soltar un olor intenso: alguien saca una torta de frijoles con queso y la película pierde todo sentido.

Entre gente que graba escenas enteras con su celular de baja calidad, personas que hablan de su vida diaria justo en lo más interesante de la película o humanos que de plano va a roncar en la oscuridad de la sala, el cine se demerita y se le ofende constantemente.

Mucho de eso ha pasado en este Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), también en sus ediciones anteriores. Ante un público acostumbrado a ver películas de hora y media de superhéroes, terror de ruiditos y comedias mexicanas, muy poco se ha pensado en el respeto para las otras personas de la audiencia.

La pianista que tocó en una función de cine mudo tuvo que detenerse varias veces para pedir que apagaran los celulares. La gente guardaba silencio de inmediato pero no pasaba mucho tiempo para que siguieran sonando sus móviles o alguien soltará una carcajada por una imagen que le enviaron por redes sociales.

El famoso Shhh! empieza a ser tendencia y muestra un lado muy triste y enorme del público moreliano. Es necesario aceptar esto: la gente no sabe ver cine y, ante la llegada de prensa nacional, cineastas internacionales y el foco mediático del FICM, Morelia puede quedar, -ya ha quedado así en ediciones anteriores-, como una ciudad con un público cinematográfico bastante infantil.

Alguien sube los pies en tu asiento o algún niño patea tu respaldo toda la película. Algunas más ven como lógico el hecho de llevar a un bebé de dos meses de vida a una función a oscuras con audio envolvente que termina por asustarlo y hacerlo llorar. No hay entonces un amor al cine, a los orígenes de este y mucho menos a la labor cinematográfica.

Meses enteros de rodaje, años de producción, esfuerzos creativos, fílmicos y sonoros, millones de dólares o pesos de inversión y años de estudio actoral se pueden ver destruidos cuando alguna persona decide ponerse a hablar por teléfono a media sala.

Esfuerzos por crear una cultura cinéfila

Los esfuerzos por evitar esto vienen desde comerciales, anuncios y un intento de cultura para el público del cine por entender que hay más personas en la sala que pagaron para disfrutar de una película y que entrar a una sala no es lo mismo ni se siente igual que ver una película descarga en la laptop desde casa.

Los entornos cambian y el cine exige un respeto que quizá no todos comprendan. Tampoco se trata de militarizar el entorno de la sala de proyecciones, pero sí es necesario aplicar medidas más aterrizadas para las personas que ignorar por completo la sana convivencia.

Un ejemplo de esto en el Festival Internacional de Música de Morelia, en donde las pasadas ediciones incluían un manual de comportamiento para el público. Entre las recomendaciones figuraban elementos como el usar pañuelo al momento de estornudar, no hablar en absoluto durante la ejecución musical, no abrir envolturas de ningún tipo de dulces o alimentos, etc.

En un principio, Cinépolis se esforzaba por anunciar que se silenciaran los celulares. (La regla global indica que el cine debería disfrutarse con el celular apagado, para no permitir ni una sola distracción). Pero ahora la gran cadena de cine mexicano ignora esta pequeña regla en su cartelera regular y otorga a este espacio previo a la proyección más tiempo para comerciales de productos de limpieza, política o avances de cintas.

Durante el FICM 14 se empezó a anunciar dos reglas clave: Silenciar el teléfono antes de iniciada la función y No permitir ningún tipo de videofilmación. Para esta última regla hay incluso personas que están paradas en las escaleras de la sala y revisan, durante toda la proyección, que nadie grabe nada en absoluto.

Estos esfuerzos se agradecen, aunque no siempre funcionan a la perfección. Sin embargo, Cinépolis tendría la obligación de recurrir a estas acciones en todas sus proyecciones de cartelera regular, así como festivales como el Tour de Cine Francés y las proyecciones de Ambulante en sus recintos. Si bien se respeta al cine y a los esfuerzos de la gente que realiza cada cinta, Cinépolis debería de aplicarlo tajantemente en cualquier función de la cartelera regular, sea una película de Avengers, de Derbéz, de Woody Allen o de Paolo Sorrentino.

Regaños al público local en pasadas ediciones del FICM

Desde que este festival empezó a hacerse notar a nivel nacional y a convocar a prensa especializada, el público moreliano se ha dividido en dos partes: la gente que se molesta porque las salas de Cinépolis Centro no proyectan cartelera regular durante el FICM y las personas que exigen más cine independiente y extranjero (ya no estadounidense) en la cartelera regular.

El conflicto surge cuando ambos públicos comparten la sala. Hay personas que no les incomoda en absoluto el escándalo de los otros asistentes y hay otras que no lo toleran para nada.

Ha sido bastante obvio el hartazgo y enojo de algunos realizadores cuando ven sus propios filmes en pantalla y se ven interrumpidos por el exceso de ruido ajeno. Entre personas que deciden irse, personas que tienen que callar constantemente a individuos que realmente se enojan, el público moreliano no siempre ha salido bien librado por su comportamiento en las salas.

Pero esto no debería molestar ni al FICM ni a Cinépolis, recordemos que los morelianos tienen o no estos rasgos y actitudes negativas en las salas de cine gracias a que se han educado en el propio Cinépolis durante todo el año. Y es que, en un entorno en donde antes de una película la empresa misma te dispara 20 minutos de anuncios, comerciales tontos y hasta pequeñas secciones de noticias, es muy difícil exigir respeto o cultura fílmica si el propio cine maltrata al espectador y no intenta, en absoluto, ayudarlo a comportarse.

Ante comerciales del Partido Verde y varios anuncios de televisión, cómo no molestarse e iniciar el filme ya alterado.

Alberto Saavedra

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