En Cartelera: Rápidos y Furiosos 8

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Hay una escena en esta octava entrega de Fast & Furious que muestra sin tapujos el espíritu de la película: Dwayne Johnson soltando un chascarrillo y desviando con la mano un mísil que, a toda velocidad, se desliza sobre una placa de hielo gigante. Y es que, desde que los filmes protagonizados por Dominic Toretto y Cía. mutaran en 2011 hacia la acción disparatada al más puro estilo James Bond y Misión Imposible, la saga, no solo ha conseguido mirar de cerca a los mejores títulos de esas franquicias, sino que ha elevado a la categoría de arte mayor lo del más difícil todavía. Aquí la cosa va de prestigiar la fantasmada (perdonen el término, utilizado aquí sin intención peyorativa) con un savoir faire y una imaginación brutales. Convertir lo inverosímil en el motor emocional de una mitología automovilística sobre unos fuera de la ley que crean su propia familia disfuncional, y que utilizan su libre albedrío para salvar a sus amigos y al mundo. Como era de esperar, Fast & Furious 8 riza el rizo de lo imposible, elevando un poco más el nivel de dificultad de las acrobacias, los clímax, y las coreografías de acción.

F. Gary Gray (Straight Outta Compton, Un ciudadano ejemplar), nuevo en la saga, agarra el toro por los cuernos y se une a la fiesta como si llevara años en la familia. Poco o nada se le puede reprochar. Gray aprueba con nota gracias a una estupenda planificación de las set-pieces de acción (ojo, también acierta en los detalles: ese plano hacia el inicio de Diesel entre la niebla y las sombras para ejemplificar su paso al lado oscuro), y a un ritmo trepidante sin altibajos (dos horas y cuarto que se hacen cortas). En espíritu, este Fast & Furious 8 quizás sea el más Cannon y ochentero de la saga. Lo es por esa villana retorcida a la que pone cara Charlize Theron; una mezcla posible entre una némesis psicópata 2.0 de James Bond y el Billy Drago de Delta Force 2. Y por ese giro que convierte a Toretto en el malo de la función durante un buen rato de la película.

Otra cosa que mantiene el nivel de excelencia en esta entrega es el hilarante enfrentamiento dialéctico y físico entre los personajes que interpretan Dwayne Johnson y Jason Statham; enemigos en el pasado que se verán forzados a trabajar juntos. Una pareja sobrada de carisma y química en la pantalla (su toma y daca en la prisión es una auténtica gozada). Pero los aciertos no se acaban ahí. La participación sorpresa de Helen Mirren, la aparición de los coches zombis, el tramo final con el submarino atómico, o una secuencia en un avión que replica con descaro y gracia al John Woo de Hard Boiled y Cara a cara, por ejemplo, también suman a la hora de hacer más redonda la fiesta que propone Fast & Furious 8.

A favor: su sentido del espectáculo 'bigger than life' y el duelo entre Dwayne Johnson y Jason Statham.

En contra: que no haya una película de la saga cada mes.

 

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