En Cartelera: Paddington 2

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Recién entrado el nuevo siglo se estrenó una película titulada Shrek. Y como es natural, tuvo de inmediato multitud de secuelas que se esforzaban con fruición en desvirtuar el concepto original, pero las directrices estaban ahí: ser un artefacto posmoderno que se riera de los cuentos de hadas y las plantillas Disney. Un objetivo para nada censurable —especialmente si servía para apuntalar un film tan fabuloso— pero que contaminó gran parte de la animación infantil que le seguiría. El modelo Shrek quería contentar con un discreto codazo a esos hipotéticos adultos que iban al cine sólo para acompañar a sus vástagos; el apogeo del modelo Shrek implica que este codazo es la única preocupación de los guionistas. Así es cómo llegamos a Del revés, una película que probablemente pueda entender un niño pequeño, pero que desde luego nunca le divertirá. 

Por eso es tan bueno que existan películas como Paddington, y que tras su éxito alumbre una secuela como Paddington 2. Basado en las legendarias novelas de Michael Bond, el film fundacional ya sorprendía en su momento por un tono inmaculado, inofensivo, ingenuo de un modo desarmante. No había ni rastro de cinismo, ni rastro de un codazo fortuito: Paddington era tan blanca que parecía anacrónica. Su inevitable continuación la ha vuelto a dirigir Paul King, y siendo una secuela absolutamente prototípica —más emoción, más acción, más primeros planos desarmantes del oso de marras—, sin duda ha pulido con creces los pequeños fallos del film original, especialmente referidos a un sentido del humor que a veces chirriaba bastante. A ojos de un adulto que no entiende nada, claro. 

Esto no implica que sea menos previsible que el anterior Paddington, desde luego, pero se deja ver con incluso mayor facilidad, gracias a una puesta en escena realmente enérgica, que no se queda en lo bonito como hacía la primera parte. En ese sentido, los chistes se suceden a velocidad espasmódica, hay soluciones visuales de escaso arrojo pero tremenda elegancia, e incluso el clímax es una set piece divertidísima con gente saltando entre dos trenes en marcha. Sin que nadie haga una referencia a la cultura pop o un guiño a la sociedad actual. Sin que nadie se dé cuenta de que está en una película. 

Gran parte del encanto de Paddington recae sobre el protagonista, por supuesto, que sin darse aires tiene un CGI muchísimo más apañado que la reciente Liga de la Justicia al completo, y derrocha personalidad más allá de lo mono que es haciendo todo lo que hace. Ayuda, por supuesto, la dicción exquisita de Ben Whishaw —el empeño de Paddington en hablar con total educación sin importar circunstancias es demasiado adorable—, circundado por un reparto de personalidades británicas que sin duda se lo ha pasado en grande. Sally Hawkins, Jim Broadbent, Peter Capaldi… todos están súper felices de estar aquí, y el relevo supervillano del film —Nicole Kidman por un descacharrante Hugh Grant— es asimismo un acierto. Por no hablar de la incorporación de Brendan Gleeson, que acapara las escenas más genuinamente divertidas. 

La retranca puramente brittish está más presente que nunca —al fin y al cabo, Paddington es un símbolo nacional—, pero no empaña en absoluto las escasas pretensiones del film. Que, quizá, ahí esté el secreto de Paddington 2, y el motivo de que esté cayendo tan bien allá donde va. Es cine infantil, sin ínfulas de ser nada más. El cine que ellos necesitan. El que no necesita momentos cuya comicidad radique en que esos bichos amarillos están haciendo referencia a tal o cual disco de los Beatles. No tenemos que acapararlo todo. 

A favor: El segmento que transcurre íntegramente en la cárcel es una delicia. 

En contra: ¿De verdad son necesarios todos esos chistes sobre la “masculinidad” del padre?

 

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