En Cartelera: Rampage: Devastación

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Parte del equipo creativo de Rampage: Devastación, Brad Peyton (director), Carlton Cuse (guionista) y Dwayne Johnson, se juntó por primera vez en 2015 para destruir California. Los tres coincidieron en la más que reivindicable San Andrés, una de las películas de catástrofes más divertidas y felizmente delirantes de la década (Johnson esquivando, sin despeinarse, un buque de carga y una lluvia de contenedores con una lancha y en medio de un tsunami) que adelantaba por la derecha a lo mejor de Roland Emmerich; algo que conseguía gracias situarse por debajo de las dos horas y al no recurrir a la épica de baratillo. La disfrutable verbena de San Andrés era un buen presagio para esta adaptación libre del famoso videojuego creado por Midway Games, que en su traslación al cine se convierte en una ensalada de monstruos sonada al más puro estilo Toho.

Como buen 'kaiju' clásico y recreativo, en Rampage: Devastación el argumento es mínimo y los protagonistas explican sus acciones como si estuvieran leyendo un manual de instrucciones. Básicamente se trata de un montón de humanos (sobre todo militares y gente gris) y sus intentos, la mayoría inútiles, por parar a tres criaturas gigantes muy enfadadas que arrasan con todo: un cocodrilo de fantasía, un lobo que vuela y un gorila albino que parece la versión hormonada de Copito de Nieve. Ahora bien, la versión del 'kaiju eiga' de Peyton y Cía., cimentada en un sentido de la maravilla que te deja con la boca abierta (la aspiración de cualquier película de estas características), es rica en detalles jugosos que convierten la función en una fiesta. Aquí hay una vena misántropa evidente, un gusto por el gran guiñol (su última media hora tiene gags cercanos al 'slapstick') y una mala baba juguetona (esa pareja de villanos formada por Malin Akerman y Jake Lacy). Y no solo eso, ojo, ya que también se atreve a lanzar un dardo envenenado a las corporaciones neoliberales que experimentan con animales.

Rampage: Devastación está llena de 'set pieces' de acción bien resueltas que funcionan como atracciones de parques temáticos o como pantallas de aventuras gráficas (ese fantástico y loquísimo prólogo en el espacio que ya marca el tono trepidante de lo que veremos después), de chascarrillos que merecen el aplauso (toca vitorear en el cine que esto es casi un concierto de rock) y de CGI que recrea en clave digital la magia de Ray Harryhausen y Eiji Tsuburaya. Pero, dejando de lado esos aspectos técnicos y las concesiones a la galería, la película de Peyton funciona en lo dramático y lo emocional. Vamos, que el conjunto tiene alma. Y es que el vía crucis de George, el gorila albino y monstruo bueno, y la relación que este establece con su cuidador, interpretado por un Dwayne Johnson con el baile de San Vito, te acaban tocando el corazoncito. 

A favor: Su ritmo frenético y la química entre Dwayne Johnson y Jeffrey Dean Morgan.

En contra: Le falta sangre y alguna palabrota más

 

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