En Cartelera: Jurassic World: El Reino Caído

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Es posible que Jurassic World sea una de las superproducciones más significativas de los últimos años. No ya por méritos financieros (que también) o artísticos (que difícilmente), sino por los discursivos. Allá donde no llegaron El despertar de la Fuerza, estrenada escasos meses después, o el resto de reboots nostálgicos que le siguieron (Stranger Things, Creed, Cazafantasmas, Ready Player One, y la lista sigue y sigue), la película de Colin Trevorrow optaba por utilizar la autoconsciencia como coartada para la práctica totalidad de su argumento. Incluso uno de sus aspectos más criticados, como era aquel CGI de barateo, también obedecía, extracinematográficamente, a los postulados iniciales: nunca volverá a haber nada como el primer Parque Jurásico, cualquier intento de emularlo será forzosamente cínico y grotesco, y esta película, este 'blockbuster' que te sacará hasta el último céntimo y conseguirá que vuelvas a querer llenar de muñecos las estanterías de tu habitación, lo sabe. Bueno, no es sólo que lo sepa. Además va a tener la necesidad de restregártelo por la cara.

Jurassic World decidía ser la más lista de la clase en detrimento a su dignidad como producto escapista, y así acababa suponiendo, aunque interesante y por momentos divertida, una obra acomplejada, conservadora, y con miedo del público. Jurassic World: El reino caído, su inevitable segunda parte, lo tenía muy difícil para prolongar coherentemente su ideario sin revelarse como una estafa descomunal, y por eso a alguna mente brillante (me gustaría pensar que el propio Spielberg, hastiado de tantos posmoderneos y mierdas) se le ocurrió contratar a nuestro J. A. Bayona para dirigir el asunto. Una jugada maestra, porque igual este cineasta catalán no entiende de nostalgias e psicosis colectivas tanto como el maquiavélico Trevorrow, pero desde luego sí conoce al espectador, y sabe darle lo que quiere estemos en 1993, en 2018, o en el fin de la historia.

Sin embargo, el libreto vuelve a estar firmado por Derek Connelly y el propio Trevorrow, y por tanto ha de abocarnos a una serie de ideas y cuestiones existenciales que nadie será capaz ni encontrará ánimos de resolver, pero no hay de qué preocuparse: al menos contaremos con la impagable presencia de Jeff Goldblum para exponerlas, y, sí, con un portentoso Bayona para mantener intacto, y en constante fluctuación, el sentido de la maravilla. No importa que las subtramas no consigan respirar, que sus perezosos guionistas ahora se hayan atrevido a recurrir a la muy mediocre El mundo perdido como fuente de saqueos, o que el segundo acto acumule inconsistencias como para doblegar a un stegosaurio: Bayona tiene el control, y va a conseguir sin despeinarse que nada de esto tenga relevancia alguna. Que en el cine sólo vuelva a importar que los dinosaurios, por algún pretexto vagamente científico, están de vuelta, y que eso es una gran noticia a muchísimos niveles.

Jurassic World: El reino caído es, en otras palabras, el reboot que de verdad necesitaba la película original que hoy cumple 25 años, y el que mejor replica su espíritu. Hay muchísimo Spielberg, y extremadamente bien canalizado, en cada una de las 'set pièces' que lo componen: desde ese magistral prólogo que transmite más miedo y emoción que la totalidad de su predecesora, hasta ese enormérrimo, y de algún modo íntimo, clímax en la mansión. Y en todas y cada una de ellas Bayona lo da todo, valiéndose tanto de la fotografía de Óscar Faura —cómo mola cuandos los 'blockbusters' además se permiten ser bonitos—, como de unos efectos visuales que ahora sí están a la altura de la empresa, para firmar una película que no por pertenecer a un gran estudio, y a una saga multimillonaria, resulta ser menos suya.

Al final, Jurassic World: El reino caído no se permite tener más autoconsciencia que la estrictamente necesaria para pergeñar una historia que a cada minuto va haciéndose más absurda, al tiempo que aumenta el entusiasmo y la alegría del espectador. Cuando se suceden los últimos minutos, que podríamos definir como la apoteosis de lo chorra (y como los mejores últimos minutos visto en un 'blockbuster' en muchos años, también), ya no cabe ninguna duda: J.A. Bayona, al igual que Trevorrow antes que él, es consciente de la formidable mentira que siempre fue Parque Jurásico, pero, a diferencia de su guionista, no ha querido hacernos partícipes de ella, sino que ha optado por volvernos a engañar. Y nadie nos engañaba así desde el año 1993.

A favor: La sensación que queda en el cuerpo tras los minutos finales, una mezcla entre aturdimiento, excitación nerviosa, y dicha suprema.

En contra: Para tratarse de una película que lo único que quiere (y consigue) es la felicidad absoluta del espectador, lo cierto es que el humor que emana de los propios personajes nunca acaba de cuajar.

 

 

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