- Cine

En Cartelera: 12 horas para sobrevivir

Leído: 214.

 

Los Nuevos Padres Fundadores de América quieren reducir las tasas de criminalidad, por lo que deciden poner a prueba a los ciudadanos de una pequeña región del país mediante un experimento social, dando vía libre a todo tipo de crímenes durante una noche. Sin embargo, la fuerza de estos actos violentos aumenta hasta que acaba traspasando las fronteras establecidas.

Detrás de cada tradición hay una revolución. Eso es lo que cuenta esta precuela, en la que descubriremos los sucesos que propiciaron la brutal celebración anual que permite a los estadounidenses cometer cualquier infracción de forma legal durante un día, con el objetivo principal de reducir los delitos durante el resto del año. Así, esta cinta revelará cómo lo que comenzó como un brutal experimente se fue fraguando hasta convertirse en un gran evento.

James DeMonaco escribe esta cuarta entrega de su saga de películas tras The Purge

En Cartelera: A la deriva

Leído: 219.

 

Basada en hechos reales. Ya está. Ya, con esto lo tenemos. Sustentar lo creíble de una propuesta en la propia realidad ha sido siempre una de las herramientas más socorridas del cine de entretenimiento a la hora de acicalarse con un aire de trascendencia, y de fortalecer al mismo tiempo la empatía de un público que siempre hay que considerar preventivamente como problemática y esquiva. Por supuesto, al tratarse de un recurso tan utilizado, ha llegado un punto en el que ha sido inevitable que los propios cineastas se lo tomen a chacota. Los hermanos Coen lo hicieron al comienzo de Fargo, mintiendo abiertamente. Michael Bay, acercándose el clímax de la nunca suficientemente reivindicada Sangre, sudor y gloria, se veía obligado a remarcarlo cuando la trama se había vuelto demasiado absurda incluso desde un prisma cinematográfico: esto todavía es una historia real. No hay letreros de este tipo en A la deriva, pero ciertos diálogos parecen estar pidiéndolos a gritos.

y moldearla en forma de película siempre ha de tener un componente forzado, sobre todo en función del producto que quieres vender. La nueva obra de Baltasar Kormákur busca, en ese sentido, no sólo adaptar la tremebunda historia de supervivencia de Tami Oldham y Richard Sharpe, sino que también quiere valerse de su romance para llegar al público, y es aquí donde encuentra su mayor hándicap. En lugar de optar por que la relación entre los personajes se vaya perfilando a través de la propia aventura, en base a sus reacciones y comportamientos ante una situación tan sensible quedando perdidos en medio del océano Pacífico tras el asalto de un huracánA la deriva se obstina en contarnos todo lo que necesitamos saber de los personajes cuando menos nos importa; esto es, cuando están en tierra y disfrutando de su amor de verano.Algo que es especialmente grave al no reducirse a unas pequeñas pinceladas al comienzo de la historia: la totalidad del metraje del film de Kormákur se encuentra salpicado de flashbacks que van intercalándose en riguroso orden cronológico mientras los protagonistas tratan de apañárselas como pueden, y como resultado de esto se pierde gran parte de la virulencia y peligro que las escenas en alta mar deberían poseer.

El error de A la deriva es fundamentalmente de planteamiento, pero tampoco ayuda que las interacciones entre Tami y Richard antes de embarcarse estén tan mal escritas buscando en todo momento revestirse de un romanticismo furioso e instagramero que contrasta aparatosamente con la sobria puesta en escena de Kormákur, y consigan sacar lo peor de sus actores. Es decir, desde luego que esperar algo de Sam Claflin suponía una insensatez, pero duele especialmente ver a una actriz tan dotada como Shailene Woodley tratando de darle convicción a esos dolorosos diálogos sobre la libertad, la aventura y el sentirse vivo. Por suerte, en el momento en que su interpretación ha de volverse exclusivamente física la cosa mejora, y se muestra cómoda en el registro más dramático y angustioso del film que nos ocupa. Que es, obviamente, el que mejor acaba de funcionar.

La película de Baltasar Kormákur da comienzo con un plano secuencia estrictamente narrativo y en el que no se deposita ningún esfuerzo a’ la Iñárritu por epatar, y cada vez que deja atrás algún penoso interludio vuelve con ánimos renovados a retratar la odisea de sus protagonistas de forma centrada, sin dejarse llevar, sin predisposición a la épica fácil. Cuanto menos diálogos hay, cuanta mayor importancia adquiere la acción, A la deriva muestra sus mejores cartas, y deja entrever la excelente película que habría sido si hubiera apostado más por esta vertiente tan expositiva como, sí, intimista en cierto modo. Porque lo cierto es que las miradas que se lanzan a cada tanto los protagonistas, enmarcadas por el sudor y las quemaduras, dicen mucho más que cuarenta diálogos dando cuenta de lo mucho que se quieren, y son estas miradas las mismas que consiguen, finalmente, que la película sea tan real como los hechos que narra.

A favor: La puesta en escena de Baltasar Kormákur, cuando el guión se lo permite.

En contra: Sam Claflin diciéndole a Shailene Woodley que es tan dura que parece un tío. Tal cual, hay un diálogo en el que se lo dice así, con toda su cara de actor mediocre. Y pues todo mal. Y a muchísimos niveles.

En Cartelera: ¡Te atrapé!

Leído: 214.

 

Se conocen desde el instituto... y no solo fueron las clases de matemáticas lo que les unió. El juego infantil 'corre que te pillo' es desde entonces su hobbie favorito. La cosa no quedó en un juego de niños. A día de hoy, 23 años después siguen jugando incesantemente a este juego, que al igual que ellos, ha ido creciendo y evolucionando. Los jugadores son capaces de cruzar el país de punta a punta para pillar a otro de ellos.

Una comedia dirigida por Jeff Tomsic

En Cartelera: La Busqueda

Leído: 408.

 

Tras cuatro películas de época (La chica de París (2001), Feliz Navidad (2005), El caso Farewell (2009) y Mayo de 1940 (2015)) el director francés Christian Carion se centra en el presente para realizar La Busqueda, cinta que se mueve entre el drama familiar y el thriller, entre el melodrama íntimo y la acción, sin conseguir en momento alguno calibrar todos los elementos que pone en juego para dar forma a una película, a la larga, cuya inconcreción arruina sus mejores ideas

Julien (Guillaume Canet) acude a la llamada de su exmujer Marie (Mélanie Laurent). El hijo que tienen en común ha desaparecido y todo apunta a un posible secuestro, aunque la relación del niño con la actual pareja de  su madre hace pensar en una posible huida. La duda sobre qué ha pasado con el niño modula, en gran medida, las dos partes que dividen La Busqueda. Por un lado, estaría la llegada de Julien y la puesta en común junto a Marie de todo tipo de reproches y la duda de él de si el actual compañero de su mujer ha podido tener o no algo que ver en que su hijo haya desaparecido. Durante todo este tramo la película posee fuerza e interés en tanto a que Carion, con ayuda de los actores, resalta el drama familiar de dos padres impotentes, asustados, llenos de culpa. El título original, ‘Mi hijo’ (Mon garçon), en este sentido, posee coherencia y resalta el componente dramático de la película. Las secuencias entre Canet y Laurent se encuentran entre lo mejor de la propuesta gracias a que la tensión exterior de la situación revela un dolor interior apenas contenido, a través de unos actores que lo logran transmitir con naturalidad. 

Sin embargo, cuando la película abandona todo atisbo de drama familiar y prefiere introducirse de lleno en la investigación que Julien lleva a cabo por su cuenta para encontrar a su hijo, La Busqueda comienza, nunca mejor dicho, a perderse en su propia dramaturgia basada en una sucesión de acontecimientos que hacen avanzar la historia, en ocasiones sosteniéndose en elementos argumentales muy poco sólidos, con el fin último de mostrar a un padre dispuesto a todo para localizar a su hijo. Ahí, Julien, sobre quien de manera puntual también caen ciertas sospechas, de repente se convierte en una suerte de justiciero asentado en una clara culpa: el padre ausente que parece querer redimir sus actos del pasado. Y así hasta llegar a un clímax final tan bien ejecutado como frío y anodino

No se puede negar algunas virtudes a Carion, sobre todo en lo referente a jugar con el paisaje nevado, lo cual permite conferir a la historia no solo de un atmósfera gélida, también de un espacio abstracto que, se intuye, pretende introducir en su película a base de concretar la historia según avanza hasta conseguir un relato sencillo, quizá demasiado, y directo, alrededor de un par de ideas y poco más. Incluso aquello detrás de la separación del niño se expone y se deja a la intuición del espectador. Se agradece en La Busqueda que el director vaya al grano, que se contente con un hilo narrativo leve y que sea alrededor del cual trabaje, sin embargo, incluso cuando se juega con casi nada, se tiene que hacer con algo más de esmero. Carion muestra sus cualidades a la hora de componer los encuadres, de relacionar a los personajes con el espacio y de jugar con los detalles, pero en esta ocasión se ha perdido en un espacio menos ambicioso que sus anteriores películas. Lo cual resulta curioso, como si el cineasta necesitase de muchos más para manejarse. Pero lo cierto es que un thriller necesita de un nervio y de un sentido tonal y rítmico que están totalmente ausentes en La Busqueda

A favor: Los actores, la banda sonora de Laurent Perez del Mar. 

En contra: Que Laurent no tenga más protagonismo y que al final la película no pase de lo anecdótico.

En Cartelera: Rascacielos: Rescate en las alturas

Leído: 303.

 

Tiene su gracia que, para parte de la campaña promocional de Rascacielos: Rescate en las alturas, se haya optado por insistir en los paralelismos de ésta con la primera Duro de matar, en lugar de los más evidentes y visuales con Infierno en la torre. Sobre todo, por lo tentador que resulta estudiar las figuras de sus esforzados protagonistas, Bruce Willis por un lado y Dwayne The Rock Johnson por otro, y vislumbrar a través de ellas cómo han ido evolucionando el héroe de acción, y las formas de entender la masculinidad, en los 30 años que pugnan por separarnos del estreno del filme de John McTiernan. En éste, el protagonista era un tipo calvo, tirando a tirillas, fumador, alcohólico, haciendo frente con sarcasmo y retranca al mayor pifostio de su vida, que además le había pillado con una esposa respondona que a finales de los ochenta quería emanciparse y ocupar su lugar de trabajo. En Rascacielos: Rescate en las alturas, sin embargo, tenemos a Sawyer, una masa ingente de músculos tatuados consciente en todo momento de la gravedad del asunto, y que hará todo lo posible por salvar la vida de su mujer e hijos, sin hacerle ascos a que ésta sea Neve Campbell y, como final girl que ha sido siempre, también se permita dar sus buenas hostias. 

En principio, pareciera que la evolución ha sido para mejor, aunque por el camino hayamos perdido el ingenio del libreto de Jeb Stuart y Steven E. de Souza, y la vulnerabilidad y cercanía que inspiraban con pasmosa facilidad las desventuras de John McClane. Por mucho que aquí hayan querido hacer de Sawyer un pobre currante de pasado traumático y pierna ortopédica fruto de éste —pierna ortopédica a la que acabará encontrándole los más contundentes e insospechados usos, ya que pasamos por aquí—, es difícil imaginarlo gritando de dolor tras pisar un pedazo de cristal, o encontrando un rato para comunicarle a su némesis de forma creativa que ahora tiene una ametralladora, ho, ho, ho. Sawyer es un tipo serio. Un tipo de los de antes, incluso de antes de McClane, que no se queja, no duda, y mucho menos pierde tiempo en guiñarle un ojo al espectadorEl rascacielos prefiere, en cambio, que sea la propia puesta en escena quien lo haga, proponiendo un espectáculo agotador de puro ridículo, que se lo juega todo a caerle en gracia al público, y que sólo así éste pueda no ya perdonar, sino directamente abrazar con placer, sus excesos. 

Sellado este pacto, se yergue ante nosotros una película absurda de lo más convincente, que juega con la suspensión de credibilidad del respetable hasta el punto de agarrarla, estrujarla, y moldearla con el fin de dejarla convertida en un divertidísimo esperpento vendesuscripciones de gimnasio. Secuencias como la de Dwayne Johnson escalando una grúa a puro huevo rivalizan con aquélla tan célebre de Fast & Furious 7 —en la que reventaba una escayola marcando bíceps— a la hora de ejemplificar la gran cantidad de placer desacomplejado que este tipo siempre ha querido proveernos, mientras que otras como el tiroteo en la sala de espejos dan cuenta de la cinefilia mostrenca e hipertrofiada con la que juega muy animosamente Rascacielos: Rescate en las alturas. Porque que una película como ésta se vea reflejada en Orson Welles (o en Woody Allen) a la hora de plantear su clímax es de un disparatado sumamente encantador, y en éstas cómo no vamos a tener que proclamarla preventivamente como la quintaesencial película veraniega. Digo yo. 

Por supuesto, Dwayne Johnson es alguien demasiado majete como para pasarse noventa minutos con el ceño fruncido, y a medida que transcurre el metraje es inevitable que acabe contagiándose de la absurdez que todo lo que le rodea, al tiempo que se van introduciendo pequeños destellos del McClane que lleva dentro. El ya citado uso de la pierna ortopédica, así como la importancia que la cinta adhesiva acaba obteniendo en el devenir de la trama, sirven por sí solos para construir a un personaje monolítico pero creíble dentro del contexto que maneja la película —que minutos antes ha querido coquetear con el sci-fi en su entusiasmo por vender las bondades tecnológicas del susodicho rascacielos—, y son mucho más elocuentes que todas las escenas empleadas en subrayar lo buen padre que es, y lo mucho que quiere a su mujer. Por suerte, esta cursi exaltación de los ideales familiares que tanto escepticismo causaban en el personaje de Bruce Willis se limita a la terriblemente larga introducción y a pequeños momentos donde es necesario reforzar la voluntad de Johnson de repartir collejas, y El rascacielos, aunque difiera tanto del clásico de 1988 en fondo y forma, se las acaba apañando para mantener la maquinaria de entretenimiento en fluctuación constante. Que es un poco, a nivel básico, lo que hacía Duro de Matar y por lo que todos la recordamos.

En Cartelera: Pesadilla en el Infierno

Leído: 418.

 

No les voy a spoilear nada, se trata de un cuento oscuro, donde el director se ha creado un discurso fílmico rico, sensorial y muy personal. Ese autentico cine de terror cercano al slasher aderezado con sangre, violencia extrema y sadismo; una telaraña con giros de tuerca maravillosos, espeluzanantes que trastocan la mente de la forma más perversa. Una película tan sombría como estimulante, enigmática, envolvente y brutal. De lo mejor que se ha visto ultimamente, esta peli fortalece y revitaliza este género tan mancillado.

Una película dirigida y escrita por Pascal Laugier. NO SE LA PIERDA.

En Cartelera: Hotel Transylvania 3: Monstruos de Vacaciones

Leído: 215.

 

¡Toda la pandilla está de vuelta! Y esta vez vez, Drácula, su hija Mavis, su yerno Johnny y su nieto Dennis, además de toda la troupe de monstruos, se van de crucero. Y es que Mavis sorprende a su padre con un viaje sorpresa en un crucero de lujo para monstruos, así que Drácula tendrá que tomarse unas vacaciones de su trabajo en el Hotel. Como no pueden resistirse a la tentación de ir, el grupo de amigos formado por la momia, el hombre lobo y el gelatinoso Blandi, se unirán a esta aventura en barco.

Una vez en alta mar, el conde Drácula conocerá a Ericka, la misteriosa capitana de la embarcación con la que vivirá un romance. O al menos lo intentará, ya que la sobreprotectora Mavis se esforzará por mantenerlos separados. Todo se complicará cuando descubran que Ericka es en realidad la descendiente de Van Helsing, el archienemigo de Drácula y de todos los monstruos.

Esta tercera entrega de la franquicia Hotel Transilvania vuelve a estar dirigida por Genndy Tartakovsky.

En Cartelera: Una familia peculiar

Leído: 216.

 

Denis Patar es un padre cariñoso, pero con exceso de trabajo, que lucha solo por sacar adelante a sus hijas, Janis de 13 años y Mercredi de 9 años. Una noche olvida recoger a una de ellas en la escuela y una trabajadora social se da la tarea de investigar el funcionamiento de la familia Patar. Denis se ve obligado a tomar un "curso de paternidad" para evitar perder la custodia de sus hijas. Un entrañable retrato de una familia poco común.

En Cartelera: Ant-Man y Wasp

Leído: 460.

 

Cuando Ant-Man se estrenó hace tres veranos la verdad es que no podía haberlo tenido más difícil. Por un lado, la salida de Edgar Wright del proyecto había predispuesto los ánimos a percibir el esfuerzo de Peyton Reed como incapaz de dignificar, o inyectarle un mínimo de personalidad, a un producto roto. Por otro, meses antes se había estrenado, rodeada de 'hype' y polémicas análogas —ya que Joss Whedon también había sido nominado para abandonar la casa (de las Ideas)—, la monumental Vengadores: La era de Ultrón, ambicioso 'crossover' que trató de replicar el impacto de la Vengadores primordial, fracasando miserablemente. Aún así, el regreso a historias de origen, más mundanas e íntimas, es posible que le diera pereza a más de uno, y la secuela, Ant-Man y la Avispa, se ha encontrado en esta misma coyuntura. Después de Vengadores: Infinity War y esos angustiosos últimos minutos, ¿de verdad esperan que nos traguemos con las desventuras de un tipo cuyo poder es, eh, encogerse? ¿Acompañado de una tipa cuyo poder es el mismo… pero con alas? Y la respuesta es sí, que lo esperan. Y que, por supuesto, te lo vas a tragar.

Más allá de los remiendos, y de lo doloroso emocionalmente que era imaginarse a Wright haciendo las maletas, la primera Ant-Man se reveló en su momento como una de las propuestas más frescas que habían salido de la factoría. No tanto por cómo afianzaba los pasos en el camino abiertamente humorístico inaugurado por Guardianes de la Galaxia, sino por cómo gestionaba una suerte de hibridación con el cine de atracos, y decidía erigir como máximo protagonista al tipo más patético del Universo Cinematográfico de MarvelScott Lang, encarnado con comodidad e intuición por Paul Rudd. Y estas virtudes se mantienen a pleno rendimiento en Ant-Man y la Avispa, donde ahora además Rudd se escribe parte de los diálogos —una decisión que encuentra inmediato precedente en el Deadpool 2 con Ryan Reynolds, y que no podría estar más atinada—, y la trama nos concede aquello que Vengadores: Infinity War nos escatimó por cuestiones logísticas: espacio para los personajes. 

Así, sucede que Ant-Man y la Avispasin ser tan sorprendente como la entrega inicial, es capaz de lograr que todos y cada uno de sus protagonistas brille por igual, sin ser constantemente eclipsados por un Rudd en perpetuo estado de gracia. Ni que decir tiene, la mayor relevancia que aquí acoge Hope Van Dyne (Evangeline Lilly) es la mejor idea del guión, afianzando ese contrapunto enérgico y decidido a la torpe desidia de Scott Lang que ya nos deparaba los momentos más memorables en la primera Ant-Man; pero, al igual que sucedía en la anterior película de superhéroes con dos nombres en el título —sí, ¿no os acordáis de ella?, Batman & Robin—, los secundarios que rodean a dicha dupla también se quedan con una parte importantísima del pastel. Michael Douglas está graciosísimo como el Ant-Man original que se ha quedado en vejete gruñón; Walton Goggins sigue perfeccionando ese fantástico rol de “villano a su pesar que preferiría estar en su casa jugando al FIFA” que ya le descubrimos en Tomb RaiderHannah John-Kamen inyecta profundidad y tragedia a la primera antagonista femenina que no se limita a estar encantada de conocerse; y Michael Peña… en fin, todos queremos a Michael Peña. Y aquí su Luis, aunque sin demasiado tiempo para hacerse un lío con sus historias, sí encuentra el suficiente para exigir un 'spin-off' cada vez que asoma la jeta.

Pero la mayor prueba de que Ant-Man y la Avispa, antes que a escenas de acción mucho más rápidas y dinámicas de lo acostumbrado, se lo juega todo a sus personajes, se encuentra en su clímax. Allí, en lugar de decantarse por una batalla épica, o por una pirueta que reafirme la excentricidad del producto —como ocurría en Ant-Man con su descacharrante pelea en el tren de juguete—, la película de Peyton Reed nos conduce a una genialérrima persecución a la que sólo le falta un banjo como banda sonora, integrada por varios equipos en busca de un mismo objetivo que no para de cambiar de manos. No es ya sólo que pase por ser un formidable (¿e involuntario?) homenaje al plano secuencia de Tintín y el secreto del Unicornio, es que es maravilloso sentir cómo el verdadero placer de la escena se extrae de las reacciones de todos esos personajes al devenir de la acción. Luis flipando con todo lo que ocurre, Sonny (Goggins) arrepintiéndose constantemente de no haber estudiado, la Avispa cumpliendo eficazmente su misión, y Scott Lang, nuestro pobre Scott, sin ver el momento de volver a casa con su hija. Ésta es, de verdad, una película espoleada por personajes entrañables y humanos. Esto es, de verdad, Marvel.

A favor: El oasis de cercanía y ligereza que supone tras la agotadora Infinity War.

En contra: Lo desaprovechadísima que está Michelle Pfeiffer.

En Cartelera: La maldición del Diablo

Leído: 271.

 

Mary (Christie Burke) está embarazada de gemelos, pero en el momento de dar a luz sólo uno de ellos sobrevive. Mientras intenta superar este duro golpe, no para de sospechar que un ente sobrenatural y maligno, quiere arrebatarle a su hijo Adam. Mary intenta protegerle a toda costa convirtiéndose en una obsesión, que le pondrá en contra de todas las personas que están a su alrededor.

En Cartelera: Un final feliz

Leído: 242.

 

El largometraje presenta a una familia burguesa europea que está presenciando el final de la vida de uno de sus miembros, George, el que se dedica a recordar los tiempos pasados y mejores.

A esta trama se le suma la situación actual de la crisis de los refugiados y la cuestión de la migración, aunque solo supone una parte de lo que se cuenta en Happy End.

 

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