- Cine

En Cartelera: Han Solo: Una historia de Star Wars

Leído: 150.

 

No pintaba bien este spin-off de Star Wars, el segundo tras la notable Rogue One (2016), con un rodaje plagado de problemas y que acabó por solucionarse con el despido de los directores de la cinta: Phil Lord y Christopher Miller. ¿Demasiado transgresores para un universo que desde el fandom se exige continuismo y no innovación? Lord y Miller son los cerebros mutantes que firmaron Lluvia de albóndigas (2009), La Lego película (2014) e Infiltrados en la universidad (2014); ergo su nombre es símbolo claro de (a) comedia disyuntiva y (b) posmodernidad genérica. Dicen las malas lenguas que la principal queja vino del guionista de la película, Lawrence Kasdan -autor de los libretos de El imperio contraataca (1980) y El despertar de la fuerza (2015)-, ante las libertades que se tomaban los realizadores frente su trabajo y que eso, más la queja de algunos actores frente a las continuas tomas que se realizaban por secuencia, acabó con el despido de los directores y con el fichaje, cuando media película estaba ya filmada, del veterano Ron Howard –que en su día rechazó hacerse cargo de La amenaza fantasma (1999)- para ponerse a los mandos de la nave, valga la metáfora.

Howard, cineasta artesanal donde los haya, perfectamente amoldable al modelo de “política de los productores” imperante en el Hollywood moderno, y autor de una decena de películas que ya han alcanzado la altura de iconografía pop: Turno de noche (1982), Un, dos, tres… Splash(1984), Cocoon (1985), Willow (1988), Apolo 13(1995), Una mente maravillosa (2001) –esta me parece de lo más flojo de su carrera junto a la saga El Código Da Vinci (2006)- y Desapariciones(2003), entre otras; ha firmado un trabajo notable llevando esta película-génesis del icónico Han Solo a un terreno de corte clásico, donde la épica de la aventura prevalece por encima del aparataje espectacular que se le presuponen a este tipo de filmes. Más cercana, entonces, al espíritu de En busca del arca perdida (1981) que a Los últimos Jedi (2017), Han Solo: Una historia de Star Wars se descubre como un euro-western galáctico (hay planos que son un guiño precioso a Sergio Leone) donde un grupo de forajidos, liderados por Solo (o no), han de realizar una serie de “golpes” en progresiva escalada de tensión. La potencia cualitativa de la película se puede medir según el alcance de cada una de estas set-pieces, como digo, de ineludible aroma clásico: que la primera gran secuencia sea un robo a un tren enlazaría Han Solo con obras magnas del western como El último tren de Gun Hill (1959) o, mejor, La muerte tenía un precio (1965). Y, visto lo visto, no se puede negar la funcionalidad del asunto a una película cuya acción está más rodada que montada, algo muy extraño de ver en la estética del boom-crash! que puebla en los blockbuster contemporáneos.

Cada vez es más difícil predicar a conversos en el Hollywood contemporáneo dado el absoluto desgaste de las distintas sagas y universos que dominan la industria americana a pie de talonario (de ahí que el éxito de Vengadores: Infinity War (2018) haya sido un triunfo sin paliativos de Disney-Marvel). Ellos mismos han sobre alimentando el fandom bajo el peligro de convertirlos en yihadistas cinéfagos capaces de enterrar a quien se atreva a mover una coma del cuadro esperado (que se lo digan a Rian Johnson). De ahí que la jugada de Han Solo, pese a cierta arritmia narrativa y algún personaje que sabe a poco –qué pena que no den más juego al Lando Calrissian de Donald Glover-, funcione pese a pecar de conservadora. Es difícil que la película moleste a nadie porque tampoco arriesga demasiado y, una vez definida su zona de confort, ésta se mueve cómoda entre los parámetros de un universo que, lejos de apagarse, logra renovarse sin apenas cambiar nada. Algo parecido pasa con su protagonista principal, Alden Ehrenreich, al que le tocaba la dificilísima tarea de cambiarle el rostro a uno de los personajes más queridos por la cinefilia moderna. Está claro que Ehrenreich está lejos de tener el carisma –esa suma de cinismo, romanticismo y compañerismo- del joven Harrison Ford, pero logra mantener el tipo sin que el asunto se tambalee a su alrededor; así que, frente a los malos augurios de la cinta, otro acierto más.

Los gestos donde la película cede espacio a la conversión mitómana ya me interesan menos. Es ahí donde los conversos se bañan en un río de lava y tan contentos. Lo importante es que Han Solo logra funcionar al margen del aparato nostálgico que se le presupone a este tipo de filmes y que posee elementos súper-jugosos que disparan los picos de interés de la cinta: todos los androides rifan, pero L3-37 roba la película cada vez que aparece, ¡enorme en todos los sentidos! Quizás la mejor prueba de que la película funcione es que es un título que crece a medida que pasan los días y eso no es algo que se pueda decir siempre…

A favor: L3-37.

En contra: La paradoja temporal que provoca la aparición en forma de cameo de un personaje de la saga que nadie esperaba.

En Cartelera: No me las toquen

Leído: 22.

 

El planteamiento de No me las toquen es rancio a más no poder, tanto que hasta podría pasar por clásico. Desde Spencer Tracy a Mark Wahlberg en la saga Transformers, pasando por Bruce Willis en Armageddon, Bryan Cranston en ¿Tenía que ser él?  o nuestro José Coronado dentro de la reciente Es por tu bien, la figura del padre de familia aterrorizado por la sexualidad de su hija —y consecuentemente arrojado a una quijotesca lucha en pos de preservar su pureza— se ha ido definiendo como un tropo tóxico de tantos, y uno hacia el que sigue habiendo bastante desinterés por zafarse. Seguir ahondando en la sinopsis de la comedia protagonizada por Leslie Mann no hace sino confirmarlo: tras American Pie y multitud de absurdas juergas pre-universitarias, por fin son las chicas quienes quieren perder la virginidad antes de acabar el instituto. ¿Un soplo de aire fresco? No, porque el protagonismo no les pertenece a ellas, sino a los preocupados padres que harán lo imposible por estropear sus planes. Porque son jóvenes, y puras e inocentes, y en definitiva son sus niñas.

Había motivos para mantener una mínima esperanza, sin embargo. El primero, que uno de los protagonistas fuera John Cena, luchador de la WWE que ya en la estupenda Y de repente tú diera visos de un formidable músculo cómico, aún por pulir. A buen seguro, su Mitchell sería un padre posesivo e irracional que no dudaría en inflar a hostias al pobre diablo que se atreviera a mirar a su hija durante más de tres segundos, pero que de vez en cuando dejaría entrever su corazoncito y manifestaría ruidosamente su tierno amor por el ecosistema familiar, quizá con pucheros y todo. Lo cual sería gracioso que te mueres porque, ya sabéis, es un tiarrón hipermasculino llorando. ¿Qué hay más gracioso que eso? ¿Escenas de gente vomitando de forma salvaje? Kay Cannon, directora de No me las toquen, fue guionista de Dando la nota —en cuya entrega inaugural había bilis para dar y tomar—, y es quien ha conseguido que el público se interese a lo largo de tres pelis por un grupo de tías cuya máxima aspiración en la vida es ganar un concurso de actuaciones a capella. Quizá la cosa tiene más enjundia de lo que parece, ¿no?

Efectivamente, No me las toquen es toda una sorpresa. Y no lo es porque los padres al final aprendan la lección y descubran que no son nadie para impedir que sus hijas hagan lo que les dé la gana con su virtud —de hecho, el cliché siempre suele contemplar dicha opción, por lo general para luego colocar al patriarca amenazando cómicamente a su nuevo yerno sin que la orgullosa novia se dé cuenta—: lo es porque el guión de Brian y Jim Kehoue está enormemente equilibrado, y sabe que la mejor forma de cargarse un tropo es dotándolo de humanidad. Los protagonistas interpretados por John Cena, Leslie Mann y Ike Barinholtz no se definen únicamente en base a una paternidad abusiva y anquilosada —bueno, el de John Cena un poco sí, pero al fin y al cabo es el bufón indiscutible del relato—, sino a una serie de preocupaciones más complejas que los erigen como adultos incompletos y heridos, constantemente al borde de la melancolía y la depresión. El retrato de Ike Barinholtz, cuya interpretación es una de las grandes bazas de No me las toquen, lo resume perfectamente: este pobre diablo que tuvo que abandonar a su familia a causa, básicamente, de ser un imbécil, ha sido el primero en darse cuenta de que Sam (Gideon Adlon) es lesbiana, y de que igual no debería empeñarse tanto en seguirle la corriente a sus amigas.

La película de Kay Cannon no se esfuerza sólo en construir personajes, sino también en tejer relaciones entre ellos —es asombroso lo bien que funciona tanto la intimidad que van forjando los padres como la consolidada amistad entre sus hijas—, y en lograr que la comedia se desprenda orgánicamente del conjunto. Así, cuando No me las toquen se sume sin vergüenza en la escatología más hardcore, vemos hasta dónde llegan los aciertos de Kay Cannon, y lo bien que ha interiorizado lo mejor del cine de Judd Apatow para apuntalar su propuesta. Porque claro que entre golpazos, exaltaciones de la amistad, referencias a la cultura pop, desnudos frontales masculinos y drogas —muchas drogas—, no resulta muy complicado que una comedia te funcione: lo verdaderamente difícil es conseguir que, teniendo a un deportista de lucha libre bebiendo cerveza por el ano, acaben siendo sus sentimientos al respecto lo verdaderamente importante. No me las toquen lo consigue. Y, además, también tiene una escena de gente potándose entre sí.

A favor: La enorme naturalidad de la que hace gala todo lo referente al despertar sexual de una de las hijas.

En contra: El arco de John Cena no deja de ser bastante autocomplaciente, y por momentos abraza una ranciedad que No me las toquen, hasta entonces, había esquivado la mar de bien.

En Cartelera: Amor de medianoche

Leído: 23.

 

La joven Katie (Bella Thorne) sufre una intolerancia aguda a la luz del sol. Esta rara enfermedad provoca que incluso la mínima cantidad de luz solar pueda resultar mortal para ella. Lejos de remitir, cada año el riesgo se vuelve mayor, así que Katie se pasa la vida dentro de casa, tras unas ventanas especiales, durmiendo de día y pasando despierta toda la noche. Claro que, su vida cambiará radicalmente cuando Charlie (Patrick Schwarzenegger) se cruce en su camino y comiencen un romance veraniego. La vida de Katie se transformará por completo al descubrir el amor.

En Cartelera: El ángel en el reloj

Leído: 22.

 

El ángel en el reloj cuanta la historia de Amelia, una niña que quiere detener el tiempo. Al tratar de hacerlo conoce a Malachi, un ángel que vive dentro de su reloj cucú. Malachi llevará a Amelia a los Campos del Tiempo, donde Amelia aprenderá el valor del "aquí" y del "ahora", de esas cosas maravillosas que tenemos en el presente que nos dan las razones suficientes para seguir adelante cada día y luchar por lo que más queremos.

En Cartelera: Nunca estarás a salvo

Leído: 30.

 

Cuerpos y rostros son la materia prima habitual del cine de la escocesa Lynne Ramsay. Ejecutar con precisión cortes sobre ellos –ya sea de manera física, emocional o mecánica a través del encuadre y el montaje–, su método de trabajo favorito a la hora de desplegar narraciones donde la psicología de sus personajes es una fortaleza casi imposible de penetrar. En Nunca estarás a salvo, cuarto largometraje de la directora de Tenemos que hablar de Kevin (2011), estas constantes metódicas confluyen sobre el torso convulso y la penetrante mirada hundida de Joaquin Phoenix, colosal haciendo una interpretación de fisicidad mayúscula en uno de sus mejores trabajos recientes; por mucho que decir esto último lleve una década siendo constante en el actor de origen puertorriqueño. 

Phoenix interpreta a Joe, un veterano de guerra que se gana la vida como eficaz matón a sueldo hasta que su última misión –rescatar a la hija adolescente de un senador de las garras de una red de tráfico sexual– se complica más de la cuenta en la mejor tradición del noir. De los códigos de ese género sabe bastante el escritor Jonathan Ames, cuya novela corta homónima aporta la base de la película. A partir de ahí, Ramsey ha limado prácticamente toda la carne argumental hasta quedarse con un hueso áspero pero recto por donde seguimos el tortuoso deambular de Joe, su pulsión de muerte –mejor dicho, impulso suicida–, la tierna y estrambótica relación que mantiene con su anciana madre y cómo los frágiles cimientos de esta vida van derrumbándose uno tras otro sobre su cabeza hasta que la redención travestida de venganza pasa a ocupar el primer plano. 

En la película no escasean las imágenes violentas y explícitas, pero la directora las presenta de manera diametralmente opuesta a lo que habrían hecho Park Chan-wook, Nicolas Winding Refn u otros chefs cuya especialidad culinaria sea la venganza en plato frío con martillo humeante como guarnición. Para Ramsey no hay nada más potencialmente violento que un corte de plano, nada tan inquietante como un fuera de campo. Sirviéndose de esas dos herramientas, la cineasta sortea los clichés del thriller con decisión, fragmenta el clímax de Taxi Driver (1976) en espacio y tiempo sirviéndose del punto de vista de cámaras de seguridad y nunca deja que el castigado cuerpo de su protagonista, literalmente esquilmado a mediada que avanza el metraje, abandone el centro de la imagen. 

Además de preocuparse por una narración puramente visual, Ramsay también ha manifestado siempre gran interés por las posibilidades expresivas del sonido y la música; solo hace falta pensar en la elocuente mix-tape llena de significados que escuchaba Samantha Morton en Morvern Callar (2002), el que quizás siga siendo su filme más completo y subyugante. Aquí, además de experimentar con saltos en la mezcla de sonido que contribuyen al desbordamiento de la acción, colabora por segunda vez con el músico Jonny Greenwood en la banda sonora, quien aporta un manto que va pasando de lo latente a lo omnipresente con sutil poderío. Nunca estarás a salvo se llevó dos premios en el Festival de Cannes –mejor interpretación masculina para Joaquin Phoenix y mejor guión para Lynne Ramsay–, pero la Palma de Oro no habría desentonado en sus manos.

A favor: Su ímpetu en la renovación del thriller a huevo. 

En contra: Los breves flashbacks de Joe en la guerra, aun siendo mínimos y contados, podrían ser eliminados sin perjuicio.

En Cartelera: Deadpool 2

Leído: 182.

 

Por fin ha llegado a su fin la larga espera y Deadpool está de vuelta en la gran pantalla con Deadpool 2. Ya está aquí la segunda película en solitario del personaje, cuya primera aparición en el universo cinematográfico fue con un ridículo traje en X-Men: Orígenes (que nadie lo olvide al ver esta Deadpool 2, porque tiene sentido acordarse de ello).

En 2016 llegó el éxito inesperado de una primera película en solitario que sorprendió para bien incluso a sus productores. Y Ryan Reynolds demostró que ese traje le quedaba bien, como superhéroe atípico, socarrón, casi un fuera de la ley al que no le importa tanto ser un héroe clásico al uso como un simple gamberro enamorado de su chica.

Por supuesto, sus dosis de violencia también están presentes. Deadpool puede ser destrozado pero revive cuando menos te lo esperas gracias a un factor de curación al estilo Wolverine. Y esto hace de él Wade Wilson, un personaje y un héroe especiales que permite jugar en muchos ámbitos de guión.

Se hace cargo de la dirección David Leitch (Atómica) que también co-dirigió la primera cinta de John Wick (en compañía de Chad Stahelski). Nadie daba casi un peso por Tim Miller y consiguió que Deadpool arrasara y sorprendiera a propios y extraños. Una de las claves del éxito de la primera Deadpool era su nivel de "locura" y "salvajismo". Aquí David Leitch toma el testigo de Miller, para que no se note que el director cambia demasiado, manteniendo el estilo e incluso la brillantez de las secuencias de acción referidas.

Es cierto que se aprecian menos menciones al tema sexual, quizá el apartado que han querido oscurecer más. Pero sí hay violencia y chistes macabros por doquier. También algunos personajes femeninos a recordar. Aquí regresa Morena Baccarin, como esposa de Wade/Deadpool. Lo hace también la joven Brianna Hildebrand (como Negasonic Teenage Warhead) y se incorpora una figura femenina a recordar en la piel de Zazie Beetz como Dominó. Un personaje estupendo que tenemos ganas de ver en el futuro con más peso.

Junto a ellas queda claro que la estrella principal invitada es la presencia de Cable (Josh Brolin, inmenso) aunque también vemos a Coloso (muy bien recreado igual que en la primera entrega a partir del físico del actor Stefan Kapicic). Cuando están en pantalla Cable o Dominó el propio Deadpool parece un secundario. Y Coloso y la pequeña Negasonic también dan fuerza al film.

Porque Deadpool 2, a pesar de ser lo loca y salvaje que se presuponía, mantiene ese nivel humorístico para salvaguardar la diversión. Se garantiza, asimismo, un buen puñado de sorpresas (más allá de los que he citado como Dominó y Cable, que ya eran conocidos y avanzados en muchos pósters y tráilers) pero hay más por descubrir en momentos aislados de esta secuela directa de Deadpool.

El argumento es generalmente básico y pelín flojo. Se basa en la defensa de un niño mutante al que debe proteger Deadpool mientras Cable intenta atraparlo antes. Esta persecución es lo que da algo de vidilla y engranaje a una historia donde lo que importan son los gags, las referencias múltiples a Marvel y muchos otros personajes y sobre todo al humor y la salvajada continuada. ¿Por qué termina Deadpool siendo una especie de protector de este chaval? ¿Qué ocurre con su vida hogareña con su esposa? Habrá que ver la película para entenderlo.

Deadpool 2 está de vuelta con un compendio de gags, situaciones divertidas pero elevadas a la máxima exageración y la irreverencia por bandera. Que Ryan Reynolds sea un actor que se encuentre feliz y cómodo en el papel de este personaje de traje rojo, se agradece. Deadpool parece especialmente indicado para que el actor saque a la luz sus virtudes cómicas. Y es que Reynolds hace de la autoparodia un arte y se ríe de todo y de todos: Hugh Jackman y él mismo incluidos.

Y es que todo el mundo conoce ya al personaje y hasta Céline Dion incluye una pegadiza canción en el film. De algún modo, poco a poco, Deadpool está rompiendo barreras.

En medio de una campaña abrumadora e ingeniosa, en medios de comunicación de todo el mundo, en carteles, marquesinas y hasta utilizando a celebridades como David Beckham, esta Deadpool 2 sale a con una presentación a lo grande.

 

En Cartelera: Descubriendo a Morrissey

Leído: 182.

 

Relata la vida de un joven Steven Patrick Morrissey en los años 70 antes de convertirse en líder del grupo The Smiths. veala sólo si es un fan fan fan de Mozz, de otra forma se va a aburrir durante los 90 minutos. La cinta no revela nada, no muestra nada, ni siquiera su música.

En Cartelera: Fixies: Amigos Secretos

Leído: 102.

 

Tom tiene un secreto es amigo de los Fixies, pequeñas criaturas que viven dentro de los aparatos electrónicos y maquinas. Los problemas comienzan cuando en un experimento, una de ellas se vuelve eléctrica y comienza a hacer travesuras. Los Fixies junto con Tom y El Profesor Eugenius trabajarán juntos para restaurar el orden. ¿Podrá Tom guardar su secreto?

En Cartelera: El tercer asesinato

Leído: 104.

 

Sin dejar de lado la mayoría de sus temas principales, o los que han definido su obra en la última década (la relación entre padres e hijos, los complejos lazos familiares, el efecto del pasado de los progenitores en el presente de sus descendientes), Hirozaku Koreeda propone en su última película una historia de aparente intriga judicial desposeída de los atributos más recurrentes en este tipo de relatos. 

En El tercer asesinato hay un crimen, visualizado de manera frontal en la primera secuencia; un homicidio voluntario que ha ocurrido, aunque el hecho de que así sea filmado no supone, necesariamente, que resulte cierto; cuestión de puntos de vista, el de los personajes y el de quien narra. Después hay un imputado, un abogado, la relación entre el detenido y el letrado, las pesquisas de este para esclarecer una verdad mucho más ambigua de lo que todo el mundo cree. Y hacia el final, solo entonces, Koreeda filma un par de secuencias en un tribunal, con los testigos, los alegatos, el fiscal, el defensor, el acusado y el juez. Por esas dos secuencias no vamos a considerar El tercer asesinato un thriller judicial. No sería justo, o sería reduccionista, y no es lo que el director espera de nosotros. 

El juego de la verdad y la mentira es relativo. La importancia de esclarecer los hechos tampoco parece ser uno de los motivos por los que Koreeda haga esta película. Más bien se trata de un juego de espejos deformados, de la relatividad de los hechos y la manera en que se cuentan. Si Koreeda filma al inicio el asesinato y vemos que quien lo comete es el protagonista de la película, ¿quiere decir que ese hecho ha sucedido de la manera en que el director nos lo ha mostrado? El acusado asegura que sí, que lo hizo de esa manera: varios golpes en la cabeza de su víctima con una llave inglesa y, después, el cadáver rociado de gasolina y convertido en una hoguera. Pero después, el protagonista cambia su versión, modula otra interpretación de la misma. 

El tercer asesinato es un filme ajustado sobre la ambigüedad y el secreto. Por ello es tan importante la manera en que Koreeda relaciona a sus dos personajes principales en el reducido espacio que comparten una vez al día, el locutorio de la cárcel. Un cristal grueso y sucio les separa. A veces vemos el rostro de uno y el reflejo del rostro del otro en el cristal. En otra ocasión, el reflejo del acusado se superpone lateralmente sobre el rostro del letrado. La ambigüedad de lo expuesto, la forma en que la certeza se quiebra y todo queda relativizado, porque no existe una única verdad, se expresa de manera excelente a través de la puesta en escena de los dos personajes a uno y otro lado del cristal. No es un espejo nítido, pero a veces parece que se están mirando a sí mismos olvidando que tienen al otro frente a ellos. 

A favor: Que pese a su constante diálogo, los conceptos se expresen siempre mediante las decisiones de cámara e iluminación. 

En contra: Que sea relegado a la categoría “menor” de la intriga judicial.

En Cartelera: Hombre al agua

Leído: 330.

Para poder hablar de esta película, me gustaría compartir lo que los críticos especializados han dicho:

"Un desastre imposible de ver".

James Berardinelli 

"Una versión totalmente adecuada del moribundo género de comedias románticas, y tanto Faris como Derbez parecen campeones del aburrimiento".

Kate Erbland

"No hay nada peor que sentarse a lo que pretende ser una comedia y nunca tener una razón para reír".

Susan Wloszczyna

"Hombre al Agua demuestra que no todas las ideas merecen una segunda vuelta. Si el cambio de género fomentó cierta curiosidad, el resultado es una comedia que, incluso sin amnesia, sería mejor olvidarla".

Brian Lowry

Lejos de ser una buena película, se trata de un ejercicio para hacer demasiadas cosas: renovar una propiedad nostálgica, seguir insistiendo en impulsar a Derbez al estrellato dominante y revivir la carrera de Anna Faris.

La película muestra meras caricaturas racistas, es predecible y aburrida. Pienselo bien antes de ir.

 

En Cartelera: El ritual

Leído: 297.

 

En estos tiempos en los que los géneros más populares, más viscerales y más sinceros en el fondo, están siendo absorbidos o tal vez clonados para mal por esos ultracuerpos hipster que tanto daño están haciendo al terror, la ciencia ficción y la fantasía (sí, el mumble horror y sus acólitos), en esta época de corrección política, de propuestas mainstream en donde lo terrorífico se vuelve producto convencional que utiliza el eco de lo que fue (en los 70, en los 80) para hacer algo que no es lo que era… en estos momentos uno agradece que todavía haya francotiradores que se dediquen a contar una historia de miedo, terrible y salvaje, con convicción. 

The ritual es cine de terror, cine de verdadero terror. No le hace falta, no necesita apuntarse a las fallas de efectos especiales, al gore loco que tanto nos gusta y nos sigue gustando, pero que no deja de ser un happening, todo lo cómplice que queramos (o que esperamos, necesitamos), pero happening intrascendente a fin de cuentas. The ritual transcurre por otros derroteros, no por conocidos menos terroríficos, y lo hace sin querer homenajear a nadie, a los maestros indiscutibles o a los ocultos genios de la serie B. 

La materia de la cual está hecha esta película va más allá de los clichés que podríamos aguardar de esa excursión de unos amigos adentrándose en un bosque tan oscuro y tenebroso como el alma humana, comenzando por la de los mismos protagonistas. No, no es la Defensa/Deliverance de John Boorman o todos esos paseos por el mal que anida en cuanto dejas la ciudad. Se trata de una clásica aventura en negro, un descenso a los infiernos que sabe llevar de la mano del desconocimiento, el suspense y la sorpresa al espectador, donde nunca sabes dónde estás ni lo que te puede suceder en ese viaje lleno de enigmas. 

Como en la mejor literatura del género, lo normal, la normalidad, irá difuminándose de una manera tan implacable como espeluznante hasta que todos los asideros de raciocinio y de cordura hayan desaparecido por completo. Y en ese instante, en ese punto de ruptura, The ritual deja de ser un relato más o menos realista para convertirse en una maravillosa alegoría del poder del buen cine de terror: violar y traicionar nuestras expectativas, romper con la linealidad y la coherencia dramática para llevarnos hacia la esencia de lo emocional, hacia ese ignoto mecanismo que provoca el miedo. 

A favor: Apuesta por un terror sin coartadas o complejos. 

En contra: Que los nuevos fans del género la consideren anticuada.

 

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