- Cine

En Cartelera: Mazinger Z Infinity

Leído: 282.

 

Hay algo de fetichismo idolatrante en cómo se nos muestra el resurgir de este robot icónico en su regreso a la animación, esta vez cinematográfica. Lo vemos emerger, todo acero y brillos. Recorremos sus extremidades, pectorales y cabeza como un voyeur calenturiento delimita cual mapa sensual/sexual las erógenas partes del cuerpo que contempla o espía. Acaso exista en esa totémica reaparición de Mazinger Z un componente erótico que nos retrotraiga a los chavales que nos excitábamos con él y Afrodita A las sobremesas sabatinas de mediados los años 70. 

Una especie de recuerdo inconsciente que asocia nuestro primer gran anime colectivo (Meteoro era para los un poco más veteranos y, claro, no era lo mismo) más allá de Heidi o Remi que no nos llevaban a ese terreno sin sentido y maravilloso de la tecnología robótica como carne metalizada de duelos medievales o de kung fu a gran escala, con nuestras primeras erecciones y poluciones nocturnas. Nadie que no lo hubiera vivido puede quedar indiferente ante la devota y casi religiosa manera impúdica con la que Mazinger Z: Infinity nos devuelve una parte de nuestra niñez. La nostalgia, la nostalgia del fan, es un punto que este anime visualmente poderoso y parido con un puntillista sentido del hiperrealismo en su apartado de lides imposibles con fuego, destrucción y desmembramiento mecánico, potencia hasta el límite. Lo hace de una manera en ocasiones casi crepuscular, como era el ver a los viejunos tripulantes de la original Enterprise de Star Trek volver a abordarla en el film de 1979 dirigido por Robert Wise. 

La tecnología ha cambiado, hay nuevos robots de lucha (esa Diana que toma el relevo de Afrodita A en una suerte de toma de postura feminista contemporánea… pero fría y alejada del elemento naif y divertido de la teleserie setentera), los personajes parecen haber madurado, sobre todo Sayaka, pero lo que acaba importando es el reencuentro entre Koji Kabuto y Mazinger, viejos amantes a la búsqueda de la ¿última? aventura. Mientras el resto de personajes y el flm coquetean con la ciencia-ficción a lo Christopher Nolan, al hardboiled de la fantaciencia e incluso con el ecologismo (otro punto débil: las kaiju eiga no se necesitaban ponerse tan pesaditas con el peligro nuclear o del cambio climático), Koji, Mazinger Z y los malvados (¿quién no recuerda al doctor Hell y al barón Ashler?) siguen anclados en el pasado, en la nostalgia, en un mundo que no quería modernizarse como Mazinger Z Infinity hace cuando se pone al servicio de las nuevas generaciones y del nuevo anime. En el simplista y maravilloso, trempante universo de las sobremesas televisivas donde robots se cagaban al grito de ¡puños fuera!

A favor: Su subidón de nostalgia (y su factura).

En contra: Todo el rollo ecológico y políticamente correcto.

 

En Cartelera: Ready Player One: Comienza el Juego

Leído: 359.

 

En 1999, las hermanas Lana y Lily Wachowski (entonces Larry y Andrew) trasladaron las inquietudes del pensamiento postmoderno hacia la sala oscura y con ello no sólo pusieron en escena las ideas baudrillardianas del simulacro y la hiperrealidad, también se hicieron de oro. Estábamos a punto de cambiar de milenio y la idea de que el sistema capitalista había sido capaz de poner en funcionamiento un entramado virtual inaprensible con el objetivo de mantener esclavizada la fuerza laboral humana fue lo suficientemente atractiva como para que la broma de Matrix se convirtiera en trilogía y en referente de la ciencia-ficción contemporánea. De esa obra, más bien de los conceptos que samplearon las Wachowski, hijas de su tiempo, parte Ready Player One, novela Young adult geek de Ernest Cline que Steven Spielberg ha llevado a la gran pantalla con el suficiente acierto como para no salir demasiado vapuleado del experimento. 

Que Spielberg se siente a gusto en el relato retrofuturista distópico de Cline parece una obviedad, porque Ready Player One es casi una invención ad hoc, y las referencias a sus películas se van trenzando de manera desacomplejada con otras tantas del mundo gamer y de la cultura pop. Todo está construido, incluido el universo virtual Oasis, sosteniéndose en la mercancía visual de la cultura de masas y la subcultura fan, transformada aquí y ahora en el nuevo orden mundial, en el único paraíso posible. Hay imágenes en Ready Player One realmente ingeniosas, así como set pieces abrumadores (que mejor no desvelar para no estropear el visionado); aunque el conglomerado de citas no siempre acaba funcionando, y la mezcla, por tanto, se transforma en mezcolanza: en un abigarrado fresco de todas esas cosas que han molado en los últimos 40 años, apelotonadas sin demasiado rigor ni pensamiento. Poca duda cabe de que Spielberg ha pulido mucho la literatura de Cline (es notorio en el último tramo del largometraje), pero aún y así el toque mágico del Rey Midas se resiente (algo), sobre todo cuando nos damos cuenta de que debajo de los adoquines, esa pátina espectacular de píxeles destellantes, no está escondida la playa. Ni nada que se le parezca. 

A favor: Su autoconsciencia como crowdpleaser de la era nerd ochentera. 

En contra: Ídem.

En Cartelera: Titanes del Pacífico: La Insurrección

Leído: 207.

 

Una de las posibles y más indeseables consecuencias de que Guillermo Del Toro haya ganado el Oscar puede suponer su consagración como director “de prestigio”, y automáticamente, el afloramiento de una retrospectiva más sesgada de su filmografía. En este empeño, es fácil que surjan voces reticentes a calificar Pacific Rim como cine de autor, aun cuando el corazón que albergaba, y su voluntad referencial, sean exactamente los mismos que alentaron el solo inicio de su filmografía, y más tarde la incomprendida La cumbre escarlata, y ahora esa La forma del agua que se ha granjeado las alabanzas más unánimes. No era ya sólo que el film fundacional hiciera gala del mismo mimo —que no pretensión de evoluciones o claroscuros— en el retrato de los personajes que Del Toro ha convertido en sello personal; también era la facilidad con la que podíamos imaginar a los robots y a los bichetes como figuritas con las que jugaba en su habitación, de niño, haciendo ruidos con la boca. Lo peor de Pacific Rim: Insurrección, invariablemente, ha de ser que no cuenta con el mexicano tras las cámaras. 

El primer problema derivado de esto es que ninguno de los nuevos personajes tiene el peso ni el interés de la primera generación, de la cual aún quedan supervivientes, sí, pero éstos bastante tienen lidiando con las decisiones más desafortunadas del guión. La forma en que despachan a Mako Mori (Rinko Kikuchi), que era básicamente el corazón de la primera película, bordea lo indignante; la ocurrencia de darle más protagonismo a la pareja de nerds interpretada por Burn Gorman y Charlie Day, que eran básicamente lo peor de la primera película, ya sobrepasa el error de cálculo para abrazar la pifia astronómica. Y en lugar de Idris Elba y a Charlie Hunnam tenemos, en fin, a Scott Eastwood, y a un John Boyega sobre cuyos hombros ha recaído la única esperanza de salvar el espectáculo. Y diablos, lo hace. Este actor británico ya viene demostrando desde Attack the Block que es sobradamente capaz de insuflarle vida a cualquier personaje, por muy vacío que esté —y su Jake Pentecost está vacío en extremo—, sólo a fuerza de carisma, y es en parte gracias a él que esta secuela, sorpresa, se las apaña para ofrecer un resultado tan solvente. Incluso en sus primeros minutos, cuando el peligro de que Pacific Rim derive en una suerte de Transformersamodorrado es más palpable que nunca. El citado comienzo guarda unas enormes similitudes, en efecto, con el de la última entrega de la saga de Michael Bay, quitando toda la morralla artúrica pero conservando el retrato de un mundo arrasado en el que una niña chatarrera (Cailee Spaeny) se convierte en clave para la nueva guerra que se avecina. Es entonces, cuando aguardamos la primera set pièce y nos tememos lo peor, que Steven DeKnight se apresura a tranquilizarnos y dar cuenta de su absoluto respeto por el legado de Guillermo Del Toro. Así, mantiene sus directrices visuales y se esfuerza por que la acción se entienda por mucho metal en llamas que nos esté cayendo encima, pero sobre todo, asimila que lo importante de los Jaegers está en el interior. De hecho, Pacific Rim: Insurrección parte de una premisa simpatiquísima: la conversión de estos mechas en drones sin necesidad de pilotos humanos, que en su maridaje con un eventual regreso de los Kaiju conduce a ideas aún más estúpidas y gozosas. Las batallas, sin embargo, carecen de los golpes de efecto que Del Toro administraba con tanta sabiduría en la Pacific Rim original —como cuando ¡guau, el Jaeger ha sacado una espada! o como cuando ¡toma ya, ese Kaiju es un Kaiju QUE VUELA!—, y lo que es el tema de las tollinas no está servido con la exquisitez y contundencia de antaño, pero se agradece que, antes que disimularlo con un montaje espídico, esta secuela nos permita reparar en lo que nos gusta reparar: que son muy grandes, y se están dando leña. Por supuesto que, llegados a este punto, nos gustaría que el Oscar recién ganado no disuadiera a Del Toro de volver a la saga y marcarse otro Hellboy: El ejército dorado contra los prejuicios hollywoodienses, pero la cosa podía ser peor. Pacific Rim: Insurrección conserva el espíritu lúdico e ingenuo de la primera, y aunque gran parte de su humanidad haya quedado diluida… lo cierto es que al final todo se reduce a, bueno, robots gigantes luchando contra monstruos gigantes que brotan del centro de la Tierra. Si es que tampoco es tan difícil. 

A favor: John Boyega cuestionando en cada diálogo con Scott Eastwood si realmente este actor merece tener una carrera cinematográfica. 

En contra: Un ritmo atropelladísimo que en no pocas ocasiones evidencia lo frágil del andamiaje dramático.

Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos

Leído: 968.

El anuncio, una vez terminado el rodaje de Animales fantásticos y dónde encontrarlos, de que nos hallábamos ante el inicio de una nueva ampliación (nada más y nada menos que ¡cuatro películas! más aparte de esta que se estrena ahora) de la gran franquicia Harry Potter seguramente nos obliga a situar y valorar al largometraje dentro de una operación de futuro que buscará conectar esta fresca aventura neoyorquina con el año cero potteriano: Harry Potter y la piedra filosofal.

Algunos apuntes, nombres y menciones en el film de David Yates (ya el hombre de confianza, el artesano escogido por J. K. Rowling para ser el más fiel, y el menos imaginativo, trasladador de su legado literario) ya abundan en la idea de una puerta que se abre, más de setenta años antes de la llegada a Hogwarts del dichoso niño mago con gafas, hacia un túnel de largo recorrido. Tal vez sean esas impepinables continuas referencias y citas al universo Rowling ya conocido lo menos interesante de Animales fantásticos y dónde encontrarlos



Si uno obvia eso y se deja llevar por la que es una historia nueva dentro de un marco más o menos reconocible se topará con una propuesta eminentemente lúdica, una aventura mágica que presenta nuevos personajes y adopta un estilo y un tono que las anteriores películas sobre/con Harry Potter no acostumbraban a tener: el de la comedia de acción. Suerte de un Jumanji en la Nueva York de los felices años 20, la cinta dirigida por David Yates se beneficia de su ambientación norteamericana (incluso en términos de ideología y/o mensaje: la emigración, la xenofobia, el ascenso del capitalismo y la política corrupta también en el mundo de la magia…) y presenta un ritmo desenfrenado, un feeling muy de screball comedy en las situaciones y en la química entre los protagonistas (esa pareja Stan Laurel & Oliver Hardy que configuran Eddie Redmayne y el divertido Dan Fogler).

En su haber asimismo lo bien presentados que están todos y cada uno de los magos, no-majs y criaturas fantásticas, y alguna que otra broma entre franquicias (el club mágico de jazz no deja de ser la taberna extraterrestre de La guerra de las galaxias). No sabemos por dónde irá esta nueva saga en sus próximos títulos, pero de momento nos ha dejado un producto tan resultón como entretenido.

A favor: Su humor y su acción.

En contra: Se le va la mano algo en el metraje y en las citas potterianas.

Doctor Who: The Husbands of River Song

Leído: 1045.

"Es Navidad en una remota colonia de humanos y el Doctor se esconde de los villancicos. Cuando una nave espacial que se accidentó le pide ayuda, el Doctor se encuentra a sí mismo reclutado en el equipo de River Song y arrojado a una frenética y rápida percusión a través de la galaxia. King Hydroflax (Greg Davies) está furioso, y su robot guardaespaldas gigante está fuera de control y ¡va tras ellos! ¿Sobrevivirá Nardole (Matt Lucas)? ¿Cuándo descubrirá River Song quien es en realidad el Doctor? Todo será revelado en una nave espacial Starliner lleno de super villanos galácticos y un destino que el Doctor ha estado evitando por un largo tiempo."

 

 

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