Prueba de manejo - ¿Las nuevas generaciones se enamoran todavía de los autos?

Por Raúl Curiel

Cuando era niño, los automóviles ejercían sobre mí una fascinación difícil de explicar. No necesitaba conocer cifras de potencia, torque, aceleración o consumo. Bastaba ver pasar un coche diferente para detenerme a observarlo y tratar de descubrir qué modelo era. Cada automóvil tenía personalidad, sonido y hasta un aroma particular.

Recuerdo aquellos deportivos que parecían salidos de una película, como el Dodge Super Bee, pero también modelos tan peculiares como el AMC Gremlin o el Pacer. Más adelante aparecieron automóviles como el Volkswagen Caribe, que terminó convirtiéndose en objeto de deseo para muchos jóvenes.

También estaban aquellos enormes sedanes que imponían respeto por donde pasaban: Chrysler Córdoba, Ford LTD o Mercury Grand Marquis. Eran coches largos, pesados, con enormes cofres y motores que dejaban escuchar su presencia. Algunos representaban deportividad; otros, elegancia y estatus.

Fueron los años finales de la década de los setenta y buena parte de los ochenta. Una época que muchos recordamos como dorada porque los fabricantes se atrevían a imprimir una identidad muy particular a sus productos.

Además, el automóvil tenía un aliado extraordinario: el cine. ¿Cuántas películas vimos donde el verdadero protagonista terminaba siendo un coche? Persecuciones, carreteras interminables, motores V8, llantas derrapando y vehículos que después buscábamos en revistas o esperábamos encontrar estacionados en alguna calle. Para un niño apasionado por los autos aquello era suficiente para echar a volar la imaginación.

Recuerdo también la emoción de acercarme a un vehículo nuevo. Abrir la puerta, sentarme, tomar el volante, observar el tablero y sentir ese inconfundible olor a coche recién salido de agencia. No había pantallas gigantes ni sistemas capaces de conectar un teléfono celular, simplemente porque todavía faltaban muchos años para que existieran como los conocemos actualmente.

Lo importante era el automóvil. Hoy, después de tantos años dedicados a conocer, manejar y escribir sobre coches, me hago una pregunta: ¿las nuevas generaciones sienten la misma pasión? No estoy seguro.

Los jóvenes crecieron en un mundo completamente diferente. El teléfono inteligente concentra buena parte de sus aspiraciones tecnológicas y la movilidad comienza a entenderse de otra manera. Para algunos, tener automóvil quizá ya no representa aquella libertad que significaba para quienes crecimos décadas atrás. También cambió la industria.



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Actualmente hablamos de electrificación, conducción autónoma, conectividad, inteligencia artificial, enormes pantallas y actualizaciones de software. Incluso comenzamos a medir la capacidad de procesamiento de un automóvil como antes presumíamos los caballos de fuerza de su motor. No significa que los vehículos actuales sean menos interesantes. Todo lo contrario. Nunca habíamos tenido automóviles tan seguros, eficientes, rápidos y tecnológicamente avanzados.

Pero algo cambió. Antes podíamos reconocer un automóvil desde varias cuadras de distancia. Su parrilla, sus faros, la caída del techo o simplemente el sonido del motor revelaban inmediatamente su identidad. Hoy existen excelentes diseños, pero también encontramos una creciente uniformidad producto de la aerodinámica, las plataformas compartidas y las nuevas necesidades de eficiencia.

Sin embargo, quiero pensar que la pasión no ha desaparecido, simplemente se transformó. Tal vez el niño de hoy no sueñe con escuchar el rugido de un enorme V8. Quizá su primer recuerdo automotriz sea viajar en un vehículo eléctrico, observar cómo una pantalla ocupa prácticamente todo el tablero o descubrir que un automóvil puede estacionarse prácticamente solo.

Dentro de 30 años probablemente recordará esos vehículos con la misma nostalgia con la que nosotros hablamos hoy del Super Bee, el Caribe, el Córdoba o el Grand Marquis. Porque las tecnologías cambian, los motores evolucionan y los diseños se transforman. Pero existe algo que ninguna revolución tecnológica debería desaparecer: la emoción de ver un automóvil, abrir su puerta, sentarse detrás del volante y comenzar a soñar. Si ya no tienes capacidad de asombro, entonces no te dediques a las reseñas de autos.

¡Se tenía que decir!

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