Goldsboro 1961: el día en que casi valimos madre

Por décadas, este accidente permaneció envuelto en el secreto militar. Cuando los documentos comenzaron a desclasificarse, el mundo descubrió que una tragedia capaz de cambiar la historia estuvo a un solo interruptor de ocurrir.

La madrugada del 24 de enero de 1961 parecía una misión rutinaria para la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Un gigantesco Boeing B-52 Stratofortress, uno de los bombarderos estratégicos más poderosos de la Guerra Fría, despegó con una misión aparentemente sencilla: patrullar el espacio aéreo estadounidense mientras transportaba dos bombas termonucleares Mark 39, eraa una práctica habitual de la época.

Durante los años más tensos de la Guerra Fría, Estados Unidos mantenía bombarderos armados con armas nucleares en el aire las 24 horas del día. La estrategia buscaba garantizar una respuesta inmediata si la Unión Soviética lanzaba un ataque sorpresa. Aquella política, sin embargo, también significaba que enormes bombas nucleares sobrevolaban constantemente ciudades, campos y carreteras estadounidenses, nadie imaginaba que esa madrugada todo saldría terriblemente mal.

El problema comenzó en el aire

Poco después del reabastecimiento de combustible, la tripulación detectó una pérdida masiva de combustible en el ala derecha. En cuestión de minutos, el avión comenzó a perder estabilidad, los pilotos intentaron controlar la aeronave mientras descendía rápidamente sobre el estado de Carolina del Norte.

El B-52 empezó literalmente a desintegrarse en pleno vuelo, las fuerzas aerodinámicas arrancaron parte del fuselaje y las alas comenzaron a romperse, el comandante ordenó abandonar la aeronave, cinco tripulantes lograron eyectarse, tres murieron durante el accidente. Mientras el gigantesco bombardero se hacía pedazos, ocurrió algo todavía más preocupante: Las dos bombas termonucleares fueron expulsadas del avión, dos bombas de cuatro megatones, cada una de las bombas era una Mark 39 Mod 2, con una potencia cercana a los cuatro megatones.

Para entender la magnitud, basta una comparación:

-La bomba de Hiroshima tuvo aproximadamente 15 kilotones.

-La Mark 39 liberaba alrededor de 4 millones de toneladas de TNT, es decir, más de 250 veces la potencia de Hiroshima.

-Si una de ellas hubiera detonado sobre una zona poblada, la devastación habría alcanzado decenas de kilómetros.

-Las consecuencias humanas, económicas y políticas habrían sido incalculables.

Una bomba cayó "como estaba previsto"

La primera bomba descendió con relativa normalidad, su paracaídas se abrió correctamente, descendió lentamente hasta impactar en un campo agrícola, aunque sufrió daños, permaneció prácticamente intacta, parecía que el sistema de seguridad había funcionado, pero la segunda bomba contaría una historia completamente distinta.

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La bomba que estuvo a punto de explotar

La segunda bomba cayó en picada, no desplegó correctamente el paracaídas, mientras descendía, comenzó a comportarse exactamente igual que si hubiera sido lanzada durante una misión de combate, los mecanismos internos interpretaron que todo ocurría conforme al procedimiento normal de ataque, uno tras otro comenzaron a activarse sus sistemas de armado.

Años después, documentos desclasificados revelarían un dato estremecedor:

Cinco de los seis mecanismos de seguridad funcionaron exactamente igual que durante una detonación real, solo quedaba un paso, un simple interruptor eléctrico de bajo voltaje, ese pequeño componente nunca recibió la señal final, la reacción nuclear jamás comenzó. En palabras del ingeniero Parker F. Jones, de los Laboratorios Sandia: "Un simple interruptor de bajo voltaje se interpuso entre Estados Unidos y una gran catástrofe."

El secreto

Durante años, el gobierno estadounidense sostuvo que las armas nucleares eran prácticamente imposibles de detonar por accidente, sin embargo, documentos obtenidos décadas después mediante solicitudes de información mostraron una realidad mucho más inquietante. Los informes técnicos indicaban que el sistema de seguridad había fallado casi por completo, quello puso en duda la confianza absoluta que existía sobre el diseño de las armas nucleares de la época.

La recuperación

Mientras una de las bombas fue localizada rápidamente, la otra presentó un problema adicional, se enterró profundamente en un terreno pantanoso, los equipos de rescate necesitaron varios días para recuperarla, algunos componentes quedaron enterrados a varios metros de profundidad. Incluso hoy, una pequeña parte del material de la bomba permanece bajo tierra porque retirarlo implicaba un riesgo mayor que dejarlo en el sitio, bajo vigilancia gubernamental.

La lección que cambió el arsenal nuclear

El accidente de Goldsboro obligó a revisar numerosos protocolos de seguridad, igenieros militares comenzaron a desarrollar mecanismos redundantes que impidieran que una sola falla pudiera activar un arma nuclear. También crecieron las críticas contra la operación Chrome Dome, el programa que mantenía bombarderos nucleares patrullando de forma permanente.

Esa estrategia terminaría cancelándose años después, especialmente tras otros accidentes como el de Palomares, España (1966) y el de Thule, Groenlandia (1968), que demostraron el enorme riesgo de mantener armas nucleares en vuelos continuos.

Una historia que pocos conocen

Quizá lo más inquietante del accidente de Goldsboro no sea el número de víctimas ni la destrucción del bombardero, es saber que una decisión política, un fallo mecánico y un pequeño interruptor coincidieron durante unos segundos, si ese último componente hubiera fallado, la historia de Estados Unidos —y posiblemente la de la Guerra Fría— habría sido muy diferente.

Más de seis décadas después, el incidente sigue siendo un recordatorio de que, incluso en los sistemas diseñados para ser infalibles, la línea que separa la normalidad de la catástrofe puede ser sorprendentemente delgada.

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