El plástico se convirtió en el material omnipresente del siglo pasado. Lo usamos para envolver alimentos, vestirnos, fabricar muebles, e incluso en rutinas estéticas y prácticas cotidianas. Sin embargo, este triunfo de la modernidad tiene un costo biológico silencioso. Hoy, la ciencia confirma lo que por años se temía, literalmente: el plástico ya forma parte de nosotros.
Un equipo de investigadoras del Instituto Politécnico Nacional (IPN), en colaboración con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Barcelona, sacudió a la comunidad científica al presentar el primer estudio de biomonitoreo humano de nano y microplásticos en población mexicana. La investigación, publicada en la revista internacional Environmental Pollution, analizó 96 muestras de sangre y orina y los resultados fueron contundentes y alarmantes: el 100% de los voluntarios dio positivo a la presencia de estas partículas.
Fibras en la sangre: Más del 70% de las partículas encontradas en el torrente sanguíneo correspondieron a fibras sintéticas, con un predominio preocupante en la retención de polímeros como el nylon 66.
El rastro en la orina: Se detectaron los 10 polímeros analizados con una frecuencia ligeramente superior en la orina (97.8%), lo que sugiere que este fluido podría ser una vía no invasiva para monitorear la exposición constante del organismo.
Vehículos de toxicidad: La doctora Laura Arreola Mendoza, líder de la investigación, advirtió que estas partículas microscópicas no viajan solas; actúan como vectores o "esponjas" de metales pesados y sustancias cancerígenas que facilitan su ingreso directo a los tejidos corporales.
De la rutina al torrente sanguíneo: ¿Cómo entran?
Aunque los microplásticos (fragmentos menores a cinco milímetros) y nanoplásticos flotan en el aire, el agua y los alimentos, una gran parte de la contaminación interna proviene de hábitos cotidianos que pasan desapercibidos:
1. Uñas de acrílico y procedimientos estéticos: La aplicación, limado y desgaste constante de uñas postizas, acrílicos y geles liberan al aire micropartículas poliméricas que son inhaladas de manera imperceptible o absorbidas por contacto directo a lo largo del tiempo.
2. Calentar comida en tuppers (plástico): Al someter recipientes de plástico al calor —especialmente en el microondas—, la estructura molecular del polímero se degrada y libera miles de millones de micro y nanoplásticos directamente en los alimentos y líquidos que consumimos.
3. El uso de textiles sintéticos y productos de limpieza: El simple roce de la ropa de nylon o poliéster, sumado al uso de esponjas sintéticas para lavar los trastes, libera fibras invisibles que respiramos o absorbemos de forma continua.
"Si la gente supiera que hoy lo tiras y mañana lo respiras o lo ingieres, otra cosa sería", reflexiona la doctora Arreola Mendoza, poniendo sobre la mesa una crisis de salud pública que apenas comienza a dimensionarse. Si bien el estudio pionero del IPN confirma que los plásticos ya circulan por nuestras vías sanguíneas y urinarias, la comunidad científica enfatiza que el reto actual consiste en determinar con exactitud el impacto biológico a largo plazo de su acumulación.
El hallazgo en México deja de ser un problema ambiental lejano para convertirse en una advertencia urgente: el plástico que desechamos, calentamos y lucimos en el día a día está regresando a casa, directamente a nuestro interior.